Las metas de las antiguas prácticas taoístas son fundamentalmente la longevidad y la inmortalidad, pero también las riquezas, la suerte, la felicidad y la alegría en el mundo de los hombres, aspiraciones distintas a las de los monjes budistas que se retiran de la vida activa.
En
cuanto a la búsqueda de la inmortalidad, las prácticas de un nivel superior
pretenden, mediante la unión del principio espiritual en el ser humano
con fuerzas psicogenéticas (el alma), la posibilidad de seguir viviendo
después de la muerte, no como un ser de sombra destinado a la disolución,
sino como un espíritu consciente. De ésta forma se vence a la muerte,
culminando así el cierre armónico del proceso vital. El cuerpo terrenal
es abandonado por el principio espiritual, capacitado para seguir viviendo
independientemente en el cuerpo espiritual, engendrado a partir de su
unión con el alma.
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